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Supera a Roger Federer en la final de Montecarlo por 4-6, 7-6 (5) y 6-2 y logra su primer título de Masters 1.000 para confirmar un 2014 tremendo

Wawrinka, con el trofeo de Montecarlo
Wawrinka, con el trofeo de Montecarlo

En la central de Montecarlo, se consagra Stanislas Wawrinka, que ya es uno de los grandes después de incluir en su palmarés un Masters 1.000. El campeón de Australia, desatado a partir de ese éxito de principio de curso, se cree ahora capaz de todo, incluso de tumbar a Roger Federer con todo lo que implica para él. Wawrinka siempre ha sido el otro suizo, a la sombra del gran Federer, pero se desquita en Montecarlo para vencer por 4-6, 7-6 (5) y 6-2[Así lo hemos contado]

El sol abandona la Costa Azul y en el Country Club de Montecarlo se consume una batalla sin demasiada luz, más emocionante que estética.Suiza presume orgullosa de raquetas ahora que Wawrinka ya está entre los top y aplaude el despertar del héroe de siempre, una final entre colegas que horas antes incluso pelotean juntos en el escenario del duelo.

En la presentación, Wawrinka no fue el del resto de la semana, algo timorato en los intercambios y ensombrecido por la gigantesca figura del campeón de 17 grandes. Llegó a la final después de atropellar con maestría a Ferrer, pero se cegó y mantuvo una línea irregular, demasiada concesión cuando enfrente está un Roger Federer crecido después de limpiar a Djokovic.

Hubo destellos dignos de aplauso, una oda al revés a una mano que maravilló al sibarita público de Montecarlo. En la actualidad parece más seguro y efectivo el de Wawrinka, pero el renovado Federer fue más completo en la fase inicial y le bastó con un break en el primer set para tomar la delantera. Era, además, el primer juego al saque que perdía su rival en todo el torneo y le costó carísimo.

A favor de Wawrinka hay que decir que jamás le dio la espalda a la final y reaccionó pronto en la segunda manga. Quebró a Federer para ponerse con 2-0, pero no consolidó en una fase extraña del encuentro que incluso estuvo interrumpida unos minutos por la lluvia. Entre imprecisiones y descontrol, Federer tomó aire y sobrevivió hasta el tie break, un escenario idílico para él ya que maneja a las mil maravillas las situaciones de tensión.

Sin embargo, fue Wawrinka el que asumió el mando y no desperdició la ventaja que tomó nada más empezar. Sus gritos ya tenían sentido y se plantó con merecimiento en el tercer set, alegre cuando salió el sol, convencido de lo que peor ya había pasado. Estaba a un paso de conquistar Montecarlo.

Y quedó mucho más cerca cuando le rompió dos servicios a Federer de forma consecutiva, estirado hasta un 4-0 que parecía decisivo. Wawrinka se sintió liberado, feroz reacción para acomplejar a su compatriota. Fue un cambio de paisaje radical y Wawrinka estalló de júbilo cuando alcanzó la meta, indiscutible héroe de este 2014 que no tiene un dueño claro.

Federer, por su parte, sigue ahí, tratando de reivindicarse y desilenciar a todos los que le dieron por acabado otra vez. Él se encarga de alimentar el cuchicheo con apagones demasiado prolongados o con desconexiones temporales como en la final de Montecarlo, pero parece que en 2014 recupera parte de la esencia de ese tenista inmortal que fue. Tiene Dubái en la mochila y las finales de Montecarlo e Indian Wells.

abc.es

 

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