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REDACCIÓN. A Capone, después de todo lo que armó durante la ley seca, lo mandaron a la cárcel no por las muertes, los hechos delictivos… sino por evadir impuestos. Las contribuciones aprobadas por ley para el sostenimiento del país son de obligado cumplimiento desde hace muchos años en Estados Unidos de América. Las empresas saben que no se pueden andar con tonterías. Seguramente habrá quien se la juegue porque insensatos los hay en todo el mundo, pero la excepción no hace más que confirmar la validez de la regla. En cambio en Brasil como en otros países de América, la contribución fiscal no está controlada con rigor. La mentalidad del Fisco no es igual. En un país se dedica presupuesto y esfuerzos para exigir la contribución al sostenimiento del país y en otros en concepto arraigado es la evasión de impuestos. Empezamos este comentario recurriendo a un hecho histórico: la condena de Al Capone. En Brasil estalló el escándalo de Petrobras que arrastró a la constructora Odebrecht –que viajaba con los créditos bajo el brazo de un banco brasileño y la asesoría electoral de Joao Santana- y sirvió para descubrir los manejos de la empresa con obra en toda América Latina. Si añadimos los sobornos probados de la empresa también brasileña Embraer en la venta de los Super Tucano, vemos que el tratamiento fiscal no es ni siquiera parecido. El primero de los ejemplos ilustrativo data de finales de 1931; los otros de ayer como quien dice. Hay un opinador con columna propia que pretende comparar la credibilidad fiscal de Estados Unidos de América con la de Brasil para “justificar” un razonamiento mendaz. Un tigre no se puede comparar con un león. No todo vale. ¡Qué país!

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