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QUINI CANDELA. En apenas dos horas de proceso, el Supremo ha decidido aumentar las penas a los componentes de la Manada. Si el máximo órgano judicial tomó esa decisión, seguramente es atinada a derecho y en consecuencia justa. Me gustaría que quedase claro en el lector que abomino de los violadores y que de ser abogado nunca defendería a uno si no cupiera la posibilidad que fuera inocente. Dicho esto voy a incidir en un aspecto fundamental: el consentimiento expreso de la victima.

Seguramente el Supremo tiene la certeza que la joven nunca dijo si a acompañar a los sevillanos a un hotel donde le dijeron que no era un mueblé, a un portal que más o menos violentaron para entrar y se refugiaron en el lugar más alejado del hall de entrada. Los juzgadores seguro tienen claro que la joven acompañó a los miembros de la manada de forma involuntaria, porque estaba drogada, bebida o engañada y que una vez en el lugar lúgubre descrito, mostró oposición al sexo grupal.

Este punto es crucial tenerlo claro. Sobre él gira toda la sentencia. Para el juez de la Audiencia de Pamplona que emitió un voto disidente no lo tuvo claro. Al hilo de aquella reflexión jurídica, publiqué un artículo con tintes antropológicos. Hoy gracias a Internet, las páginas de sexo explícito, se fomenta la fantasía en ambos sexos. No falta quien no pasa de dejarlas encerradas en el cerebro, pero hay personas que si se les presenta la ocasión están dispuestas a cumplirlas. ¿Qué hombre no tuvo la fantasía de acostarse con varias mujeres a la vez? ¿Puede tener una joven ilusión por ser penetrada por varios hombres? Si así fuera, sería una relación consentida en lugar de violación.

Los juristas se agarran al consentimiento. ¿Cómo se puede establecer la existencia de consentimiento o no? No es fácil y sin embargo es la piedra angular del abuso. En el acto se puede decir si y luego negarlo. ¿Cómo se demuestra la falsedad? Muy difícil. El hombre, casi siempre el acusado está indefenso, porque además no puede grabar el acto para demostrar que el consentimiento fue explícito.

Hay otro extremo que la ley no contempla: La negación como afirmación. Las jóvenes chinas tienen por costumbre cuando están en un acto sexual más o menos circunstancial consentido, negar que el varón siga, y cuando el hombre se para con la intención de respetar su deseo, se agarra a él para que siga, mientras sigue saliendo de su boca no, no, no… Es una forma de expulsar el sentido de la culpabilidad por algo reservado al matrimonio al creer ancestral del pueblo chino.

Que esto suceda en las grandes ciudades de China no es privativo del país asiático. El sentimiento de culpabilidad no tiene fronteras. Solo está vinculado al grado de religiosidad, a los miedos, a la familia. Luego hay casos donde el no en realidad es sí. Los jueces tienen la misión de impartir justicia. ¿Pueden discernir cuando el acto es una violación o una fantasía cumplida? ¿Saben con certeza que el no fue siempre no?

Olvidémonos por un instante de la manada. Esta sentencia del Tribunal Supremo sienta un precedente. Los hombres jóvenes están en peligro si son de los que aprovechan las oportunidades. La indefensión es absoluta porque no existe ningún antídoto contra la maledicencia de las personas. Un dirigente de Vox dijo que el sexo seguro está en la prostitución. Tal y como están las cosas, ¿alguien podrá negar que el sexo seguro pasa pot las meretrices?

Si el Supremo dice los integrantes de la manada son culpables es porque tendrá la convicción que así será. No dudo que actuaron en justicia y no influenciados por el ruido mediático.

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